ONG Rescate iniciará su primera respuesta de emergencia en Níger, apoyando a más de 20.000 personas desplazadas y de comunidad de acogida. Lo hace con equipos que llevan años en la región y con el conocimiento de quien no llega cuando las cámaras enfocan, sino de quien ya estaba allí mucho antes. Este artículo explica el contexto en el que llega esa ayuda.
Hay conflictos que abren los telediarios y otros que se desintegran en silencio durante años. Mali y Níger pertenecen a esta segunda categoría. Raramente aparecen en los informativos españoles, pero lo que ocurre allí nos afecta directamente: en los flujos de personas que llegan a nuestras costas, en la inestabilidad energética de Europa y en la expansión de redes que no reconocen fronteras. Desde JPA seguimos de cerca estas dinámicas. Y lo que Rescate hace allí merece ser contado con honestidad.
Lo que está pasando en Mali
Mali lleva en guerra desde 2012. Tras dos golpes de Estado en 2020 y 2021, el país vive bajo una junta militar que en 2025 aprobó un mandato de cinco años sin elecciones y prohibiendo los partidos políticos. La apuesta por el Grupo Wagner, el brazo armado ruso que persiguió actuar como garante de seguridad, no resolvió nada, porque la violencia contra civiles se disparó, con ejecuciones documentadas contra comunidades fulani.
El 25 de abril de 2026, la situación empeoró de forma significativa. Grupos armados lanzaron el ataque coordinado más grave desde 2012, golpeando Bamako, Sevare, Kidal y Gao simultáneamente. El ministro de Defensa fue asesinado. Kidal cayó. El gobierno lanzó una contraofensiva el 13 de mayo cuyo resultado sigue siendo incierto.
Pero hay algo más que los titulares no explican bien. Durante meses antes del ataque, los grupos armados habían impuesto un bloqueo económico silencioso sobre Bamako, atacando los camiones de combustible que llegan desde Senegal y Costa de Marfil hasta conseguir que solo uno de cada tres alcanzara su destino. Perseguían demostrar que el Estado no puede proteger a su propia población. Cuando eso ocurre, la gente busca protección en quien se la ofrezca.
Uno de los elementos que el análisis habitual omite es el papel de la comunidad fulani, unos 40 millones de personas distribuidas por 20 países de África Occidental. Históricamente pastores nómadas, su modo de vida entra en contradicción creciente con la expansión agrícola acelerada por la desertificación, y su marginalización fue aprovechada para el reclutamiento forzado. Son víctimas en tres frentes a la vez: de los grupos armados que los reclutan bajo coacción, del ejército que los persigue por sospecha y de las milicias que los atacan como represalia. En las comunidades donde trabaja Rescate, esta espiral es visible cada día. Su cooperante lleva meses sobre el terreno en un contexto que la mayoría de las organizaciones ha abandonado.
Lo que está pasando en Níger
Níger es el quinto productor mundial de uranio, tiene petróleo, oro y litio, y aun así ocupa los últimos puestos del Índice de Desarrollo Humano. La junta que gobierna el país desde 2023 nacionalizó, en junio de 2025, la principal mina de uranio operada por la empresa francesa Orano. En un momento en que Europa debate la energía nuclear como respuesta al cambio climático, lo que ocurre en Níger tiene consecuencias directas sobre la seguridad energética del continente.
En el plano humanitario, los datos son duros. A cierre del primer trimestre de 2026, Níger alberga más de un millón de desplazados forzados. Durante 2025, los desplazamientos alcanzaron las 459.585 personas (el 60% niños) y las inundaciones destruyeron más de 60.000 hogares. El 79% de los fondos solicitados por UNICEF para el país quedó sin financiar.
Las regiones de Tahoua y Tillia, donde Rescate lleva años trabajando con comunidades agropastoras en proyectos de medio y largo plazo, están en la zona de mayor presión. Las mujeres con las que trabajan no son estadísticas: son personas que llevan años construyendo resiliencia en condiciones que la mayoría no imagina. La emergencia activada este mes para atender a 20.000 personas desplazadas es la respuesta inmediata a una crisis que se ha agudizado sobre ese fondo de vulnerabilidad acumulada. No es una organización que llega cuando hay focos: es una organización que ya estaba.
El fondo del problema: cuando el clima y el conflicto se retroalimentan
Mali y Níger comparten fronteras porosas, las mismas etnias y los mismos patrones de quiebra institucional. Y comparten también el mismo denominador común que pocos análisis nombran con claridad: el cambio climático como multiplicador de todo lo demás.
La región se calienta un 50% más rápido que la media global. Cuando la sequía y las inundaciones destruyen los medios de vida de poblaciones cuyo 80% depende de la agricultura o la ganadería, los hombres jóvenes sin alternativas se convierten en reclutas potenciales para cualquier organización armada que ofrezca un salario y algo parecido a la protección. El cambio climático no fabrica violencia directamente, pero prepara el terreno para que otros lo hagan.
En 2025, 814 incidentes de seguridad afectaron el acceso humanitario en Mali, un 41% más que el año anterior. Al menos 71 involucraron violencia directa contra personal de ayuda humanitaria. Que Rescate mantenga presencia en ese entorno no es una casualidad operativa: es el resultado de años de construcción de confianza con comunidades locales y socios sobre el terreno.
Por qué importa que Rescate siga
En los conflictos del Sahel, la ausencia del Estado crea un vacío. Ese vacío lo ocupa alguien: los grupos armados, o las organizaciones que deciden quedarse cuando todo lo demás se va.
Rescate sigue en Mali y Níger porque las personas que viven allí no pueden marcharse a esperar que las cosas mejoren. Sigue porque los proyectos de largo plazo construidos con comunidades locales tienen un valor que no desaparece cuando sube la temperatura del conflicto. Y sigue porque la experiencia ha demostrado que el acompañamiento constante, aunque sea en condiciones difíciles, marca una diferencia real en la vida de familias concretas.
Mali y Níger no son países lejanos. Sus crisis llegan hasta aquí. Organizaciones como Rescate son, en muchos sentidos, el único puente que queda.
Por Alejandra Parejo Jefa de Análisis estratégico en JPA y Jose Parejo & Associates, firma especializada en análisis estratégico y riesgo geopolítico y político. Colaboradores de ONG Rescate.
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